Finales y Principios. (Ganador del Accesit "Ciudad de Bailén" Noviembre 2006)

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Finales y principios.

Yo no quería volver. En el contestador automático había tres llamadas de mi hermana, pidiéndome, suplicándome que volviera a casa, que mi padre se estaba muriendo y sería bueno, necesario, imprescindible para mí, decirle adiós. Pero yo no podía volver. Ya había escapado hace años de la casa de mi padre, y no iba a regresar ahora pidiendo perdón, con la cabeza agachada y con una traición a mis espaldas. Hace un año hubiera... Yo era un aprendiz de escritor sin ideas, un marido sin amor y un infeliz sin preocupaciones. Pero todo cambia. Todo. Hace un año mi novela todavía no había sido escrita, y este hecho es fundamental para que yo me pudiera haber enfrentado con mi hermana, haberle dicho lo que pensaba de su vida, que no la había usado en balde y arreglar las cosas entre nosotros. Pero me tengo que remontar más tiempo para contar esta historia. Me tengo que remontar un año y medio atrás, cuando conocí a Julio González, un escritor como yo, en realidad, ninguno de los dos éramos escritores.
Después de estudiar derecho y de no encontrar trabajo, empecé a escribir. No sé si lo hacía bien, pero desde luego, estaba convencido, tristemente seguro, de que era lo único que sabía hacer. Tampoco había escrito mucho: unos cuantos cuentos y algún principio o comienzo de algo parecido a una novela que no llegó a ningún sitio (me pesa el pasado, la memoria, la traición). Yo creía que un escritor que no escribía novelas era incapaz de ganar dinero, pero me equivoqué. Mi mujer me enseñó las bases de un concurso de relatos que se realizaba en su pueblo. Fue ella la que me animó a ir presentándome a concursos y poco a poco empecé a ganar dinero, increíblemente, me pagaban por escribir. Los concursos a los que me presentaban no tenían una alta cuantía monetaria, ya que los grandes, estaban reservados para los buenos escritores, cosa que yo no era. Fue ella la que también me apuntó a un foro de internet en el que se reunían escritores noveles, y allí conocí a Julio, el escritor que no era escritor.
Julio era inquieto, algo desmedido en sus respuestas, y con la convicción de que todo el mundo estaba perdiendo el tiempo menos él. Yo era alguien más discreto en el foro. Apenas reseñaba algún libro que me había gustado y rara era la vez que contestaba a las cuestiones que otros miembros escribían. Como ya he dicho, yo, más o menos, seguía a Julio dentro del foro, me hacía gracia su prepotencia, su seguridad de saberlo todo cuando yo apenas sabía nada, pero nunca lo busqué, él me encontró a mí. Un mensaje de una reseña que yo había hecho sobre el último libro de Paul Auster, me invitaba, con el nombre del Julio en el encabezado, a tomar un café en una cafetería del centro de Madrid. Al principio pensé que la invitación era poco más que para tener una charla de libros, y de batallitas de concursos, puede que hubiera el intercambio de algún relato o en el mejor de los casos de una novela. Acepté sin pensarlo, tenía ganas de conocer a alguien como él, y en dos días estaba plantado en el Diurno, una cafetería del centro de Madrid. Son extraños los impulsos, yo tuve uno cuando decidí ir a la cafetería, un impulso de quedarme en casa, que eso me vendría bien y que yo no tenía necesidad de conocer a nadie. Pero no lo seguí.

La cafetería estaba totalmente acristalada, y no sé si por eso, o por el blanco que relucía en toda la pared, tenía la sensación de bienestar. Llegué temprano, y empecé a mirar unos dvds para alquilar que había dentro de la misma cafetería. El ambiente era agradable, y aunque tenía aspecto de “lugar para modernos”, no me dejé llevar por mis prejuicios. Yo no sabía cómo era Julio, y él tampoco sabía cómo era yo. En el mensaje olvidamos describirnos, pero la intuición me hizo saber quién era nada más entrar por la puerta. Julio era alto, mucho más que yo, que no alcanzó el metro sesenta y cinco. Iba totalmente vestido de negro, y con una perilla alrededor de su boca. Andaba desgarbado. Como sus respuestas en el foro, tenía una seguridad que trasmitía en el ambiente, como si todo lo tuviera ya hecho y el mundo debiese de saberlo nada más verlo. Hubo más de una persona que se giró para mirarlo, como si hubiera entrado un actor o un director de cine famoso, como si tuviera el éxito pegado a su piel. Llevaba una mochila a sus espaldas y aunque pudiera parecer en un primer vistazo que era mayor, no creo que tuviera más de treinta años. Miraba con descaro, intimidando a todo aquel que se atrevía a cruzarse con sus ojos, como si por el hecho de mirarlo hubiera que pagar un precio. Le hice una señal con la mano, para ver si era él y me respondió con una bajada de cabeza, con un sí posesivo y ensayado. Nos sentamos en una mesa y pedimos dos cafés, el mío sólo y el suyo sólo con hielo. Me apretó la mano con fuerza y me sonrió, más bien por cortesía. De cerca, Julio perdía su atractivo, bajándolo a la tierra de los mortales y quitándole el poder que parecía tener cuando lo observaba al entrar en la cafetería. Me empecé a relajar, me pareció por un momento que estaba al lado de alguien que era igual que yo.

- Pues aquí estamos Carlitos- dijo él, en un tono de júbilo. En ese momento tenía que haberme levantado. Yo odiaba que me llamaran Carlitos, pero no lo hice. Me mantuve en mi silla y contesté lo mejor que pude.
- Pues sí. Eso parece. Es raro, no crees. Yo apenas te conozco, y bueno, tú a mí tampoco.
- Raro. Yo no lo llamaría raro. Si quieres llamarlo así.
- No, no sé. Era sólo una forma de hablar.- Empecé a ponerme nervioso, y la puerta era cada vez más grande, más amplia, y en ella parecía ver un cartel que ponía, sal ya de aquí Carlos y deja a éste tío plantado, no te va a aportar nada. Pero no lo hice, me sentía hipnotizado, como si sus palabras causaran en mí un efecto narcótico del que me era imposible escapar.
- Imagino que querrás saber para qué te he citado. No creo que quedes con tíos por internet muy a menudo.
- No. No suelo, la verdad.
- Pues dejémonos de cháchara. He venido a enseñarte mis relatos, la verdad es que tampoco era muy difícil de adivinar.
- Yo no he traído ninguno para ti.
- No importa. Yo sólo quiero que leas los míos, los tuyos no me interesan demasiado.
- ¿Por qué? Si no sabes como escribo.
- Se puede saber mucho de una persona, no crees. Nada más verla. Y me puedo imaginar como escribes, no creo que haga falta que me enseñes ninguno.
- Y si ya sabes como escribo…para qué quieres que lea los tuyos.
- Te lo diré cuando los leas.
- Sólo eso.
- Sólo eso. Me voy, he quedado, ya nos veremos…- y me volvió a sonreír, y se levantó de la silla y se fue. No supe qué decir. Me quedé sentado en la silla de la cafetería, todavía con el café humeando en la taza, y ahora el blanco de las paredes empezaba a molestarme en los ojos, como si el sol hubiera entrado de repente y me obligara a salir de allí si no quería quemarme con su potente luz.

Por supuesto no leí los relatos. Lo primero que hice al llegar a casa fue guardarlos en un cajón. ¿Cómo se había atrevido a decir que no lo interesaban mis relatos pidiéndome a mí que leyera los suyos? Aunque reconozco que llevaba razón en una cosa. Yo, al igual que él, también había adivinado cómo escribía. Sabía a priori que una persona así no podía escribir bien, no podía tener sensibilidad. Anduve toda la tarde dando vueltas por la casa. Mi mujer había salido de viaje de negocios, estaba claro que era ella la triunfadora del matrimonio, y yo me había quedado solo. Me puse a escribir, aunque no estaba muy inspirado. Los relatos en el cajón de mi escritorio estaban pidiendo salir, estaban diciéndome que los leyera, que me diera cuenta que no estaba equivocado y que Julio González escribía mal, que era un farsante. Así que los cogí. Me senté en la cama y fui leyendo poco a poco el primer relato (la mentira, la traición, la vergüenza). Reconozco que no estaba mal. El relato tenía una prosa amena y divertida, en algunos momentos, con un humor ácido bastante inteligente, y la trama estaba bien construida y estructurada. Me había equivocado y qué... El segundo relato era completamente diferente, además me sorprendió mucho que fuera una historia de amor. También estaba bien escrito, aunque no sólo había cambiado de tema en éste, había cambiado la forma, las palabras no eran las mismas, había mucha sensibilidad y profundidad. Con el tercero pasaba igual, cambiaba de tema y de estilo con una maestría de genio de la literatura. Me había equivocado completamente con Julio González, no era un escritor, era un gran escritor. Estaba delante de unos relatos escritos por alguien que algún día sería grande, conocido por todo el mundo, un escritor de escritores. Rápidamente me senté en el ordenador y le escribí en el foro pidiéndole una segunda cita. No quería que por mis palabras se viera mucho entusiasmo, pero realmente estaba muy entusiasmado. Había olvidado por completo lo maleducado que había sido conmigo y fui contado las horas que me quedaban para reunirme con él. Quería decirle lo mucho que me habían gustado los relatos, animarlo para, no sé, que escribiera una novela: yo ya era un gran fan de su obra y quería que culminara en una gran historia, quería vivir el éxito a su lado, y luego decir que ya había leído sus relatos cuando todavía no era famoso. Tuvo algo negativo para mí. Yo quise dejar de escribir en ese momento. Quién era yo. Nadie, comparado con Julio. No tenía derecho a escribir habiendo gente como él, que intentaba ser conocido, que intentaba escribir para que el mundo lo leyera. A nadie le interesaban mis textos. Mis amigos ya estaban empezando a cansarse de que cada dos semanas yo les enviara un relato y ellos lo leyeran, por obligación, y luego me dijeran que estaba bien, que siguiera escribiendo, que pronto me convertiría en un gran escritor. Todo mentira. Julio me había demostrado que todo era mentira, que yo no era el hombre que quería ser, con sus bruscas palabras y sin ni si quiera haber leído mis textos, me había demostrado que era la única persona sincera que habitaba mi vida.
Quedamos de nuevo en el Diurno. Volvía a ir de negro, diría que era la misma ropa que una semana atrás. Nos sentamos y me volvió a sonreír cuando me estrechó la mano. Ahora fui yo quién empezó a hablar.

- Tenía muchas ganas de volver a verte.
- Imagino que te han gustado los relatos, sino no me hubieras llamado.
- Me han gustado mucho Julio. Creo que tienes un don. Un don para contar historias, para provocar emociones, no sé, creo que eres muy buen escritor. No sé. Me he emocionado mucho leyendo tus relatos. Haces magia con las palabras.

Julio empezó a reírse, como si todo lo que había dicho fuera una broma, o un chiste que yo no sabía que había contado. Empecé a estar incómodo, a sentir vergüenza de mí mismo por lo que acababa de decir.

- Los relatos no son míos Carlitos. Aunque me alegra que te hayan gustado, eso quiere decir que no te has dado cuenta de nada.
- No sé de qué me estás hablando. ¿Darme cuenta de qué?
- Los relatos son muy buenos, yo mismo los he leído cientos de veces. Pero no los he escrito yo. Sólo los uso. He ganado más de quince mil euros en concurso de relatos con ellos. Pero nunca me puse delante del ordenador para escribirlos, sólo los cogí prestados. No he escrito ni una frase coherente en mi vida y mucho menos una historia, yo no he nacido para eso.
- Y de quién son, si se pude saber.
- No creo que conozcas a los autores. Yo apenas los conozco. Pero todo tiene su explicación Carlitos. Te la contaré, si quieres escucharme, aunque deduzco por tu cara que no te interesa demasiado.
- Al contrario, cada vez estoy más interesado
- Hace tres años acabé la carrera de traducción. Yo ya hablaba inglés, y me especialicé en alemán, francés y en japonés, aunque te parezca raro. Yo creí que pronto encontraría un buen trabajo, pero no fue así. Lo único que encontraba eran puestos de recepcionista de hotel, y la verdad, no tenía pensado pasar mi vida traduciendo a guiris de vacaciones por España. Tampoco tenía mucho donde elegir, así que estuve dando vueltas por media España de hotel en hotel. No era el peor trabajo del mundo, conocía a gente, estaba bien pagado, follaba todo lo que quería, y lo único que tenía que hacer era dar guías de viajes y ayudar con absurdos problemas a algún guiri mal informado. Pero todo se acaba. Tuve un problema en un hotel de la costa y decidí volver a Madrid y encontrar algún trabajo de intérprete, aunque no sabía muy bien por donde empezar. Tampoco es que quisiera trabajar en Naciones Unidas, yo tengo mis limitaciones, pero excepto algún congreso extranjero, no tuve mucho curro. Cuando estaba a punto de dejarlo todo y no sé, ponerme a trabajar en un bar, o donde fuera, hubo un congreso de escritores europeos, y allí conocí a Román Silva. Román había trabajado durante veinte años para el grupo planeta como editor, pero decidió montar su propia empresa. Conectamos rápidamente y en menos de un mes estaba trabajando para él. Román ya tenía un gran número de escritores extranjeros que quería publicar en España, así que nos pusimos manos a la obra. Yo traducía y corregía novelas que al poco tiempo eran publicadas. Nuestra editorial se llamaba Limassol, y aunque en un principio nos costó arrancar, nos hicimos con muchos lectores en poco tiempo. Cada vez más autores querían que publicáramos sus trabajos en España. Así que empezamos a abrir mercado y a publicar otro tipo de literatura: infantil, ensayo, y claro, relatos. Como el negocio iba tan bien y ganábamos tanto dinero, tuve valor y me compré un piso a las afueras, un coche e hice algún que otro regalo. Pero algo empezó a fallar. Las ventas bajaron y las obras sin publicar empezaban a amontonarse en las estanterías. No había dinero, y Román empezó a dejar de pagarme, decía que sería sólo por unos meses, y que luego me recompensaría. Yo seguía trabajando sin sueldo, y Román intentaba darle un giro a la editorial. Con el poco dinero que ganábamos hicimos un anuncio de televisión, que terminó por arruinarnos. Román había dejado de pagar a la imprenta y también a los distribuidores y hacienda, como era de esperar, le embargó la empresa. Retuvieron los originales y todo se fue a la mierda. Al igual que le pasó a Román yo también temía que el banco me embargara el piso por impago. Estaba muy jodido, Carlos, muy jodido, y sin nada, que era lo peor. No podía pedir explicaciones, y denunciar a Román no me parecía la mejor salida para salir de mis problemas. Justo el día que tenía pensado llamar a mis padres para que me pudieran prestar dinero mientras yo buscaba otro trabajo con el que poder seguir pagando el piso, recibí una llamada de Román. Me pidió disculpas y fue él quién me dio la idea de lo de los relatos. Por qué no los presentas, me dijo, sólo tienes que cambiarles el nombre, así puedes seguir tirando, nadie conoce esos relatos en España, y no creo que haya mucha gente que sepa japonés y además, sería mucha casualidad que esté en un jurado. Yo tenía las traducciones de todas las novelas y de los relatos en mi ordenador. Lo único que tenía que hacer sería imprimirlos y mandarlos con mi nombre en lugar de los del autor original. Si te digo la verdad, no me lo pensé mucho, aunque las primeras veces estaba acojonado, creyendo que me iban a pillar. Pero nunca pasó. Ganaba y ganaba concursos y lo único que tenía que hacer era ir a recoger un cheque y luego pagarle algo a hacienda por el premio. Los organizadores quedaban contentísimos con los relatos, se quedaban con los derechos de publicación, y a mí me iban pagando las facturas. No sabes lo fácil que era. Pero te cansas de todo, hasta de ganar concursos de relatos. Así que ahora quiero más. Por eso te llamé. Voy a dejar de enviar relatos. Todavía conservo algunas novelas traducidas y voy a presentarme a un concurso nacional de novelas, uno de los de sesenta mil euros. Si me pillan, mala suerte, pero sino, podré vivir de las rentas toda mi vida.
- Y que tengo yo que ver en eso.
- Quiero que tú sigas enviando relatos. Por lo que sé de ti, no tienes mucho dinero. Sólo te hace falta ir arrancando, hacerte más conocido, y creo que te vendría muy bien ganar algún concurso para ir aumentado currículum. Además tú sí eres escritor, y dentro de poco escribirás una novela, y si ya has ganado algún concurso importante, te será más fácil que la publiquen, no crees.
- Yo no puedo hacer eso. Y te equivocas, yo no soy escritor.
- ¿Por qué? No sabes lo fácil que es Carlitos. Además, no le vas a hacer daño a nadie. Te lo garantizo. Todo el mundo queda encantado.
- Te lo vuelvo a repetir, yo no sé hacer eso. Puede que no sea escritor, que no valga para escribir, pero esa no es la mejor solución.
- No te entiendo.
- Yo no podría enfrentarme a eso. No soy como tú. No podría ir a recoger un premio si yo no he escrito el relato. Que me felicitaran por algo que no es mío, y que nunca lo será. Mis relatos no son tan buenos, pero son míos. Eso es lo único que tengo y no voy a perderlo.
- Creí que eras diferente.
- Creíste mal.

Salí del Diurno con la seguridad de no volver más a Julio González. Con la certeza de haber hecho lo que tenía que hacer. Lamentándome y sintiéndome avergonzado de mí mismo por haber creído que Julio era un gran escritor, por haber pensado en dejar de escribir por alguien que era un farsante, un mentiroso, un sabelotodo .Me fui a casa. Todavía llevaba los relatos en mi cartera y los saqué rápidamente, ahora eran algo que me quemaba, de lo que me quería deshacer rápidamente para volver a sentirme otra vez yo. Los tiré al cubo de basura de la cocina, y me fui al despacho. Encendí el ordenador y me puse a escribir de nuevo. No tenía nada que escribir, pero no me importaba. La conversación con Julio me había devuelto unas esperanzas en mí que creía desaparecidas. Tenía que empezar, lo que fuera, ya lo desecharía luego, pero la historia debería fluir, rápidamente, tenía que buscarla en mi cabeza, porque tenía la convicción de que se encontraba allí, escondida dentro de mi memoria, agazapada como una serpiente que espera con paciencia a que llegue su víctima para devorarla. Ya tenía el principio, la primera e imprescindible frase: “Todos la culpaban de su muerte”. Pero los relatos todavía rondaban mi cabeza. Podría sen tan fácil, pensé. Y sí yo fuera como Julio. Me levanté y fui a cocina. Abrí el cubo y saqué todos los relatos. Bajé a la calle y los tiré al contenedor. Luego volví a casa y seguí escribiendo la historia de la que no tenía historia. La protagonista era una mujer, de unos treinta años, soltera. Su nombre es Beatriz, y vive con su padre y con sus tres hermanos en una gran casa a las afuera de un pueblo. La familia es adinerada y la madre murió cuando ella nació. Ella se ha ocupado de todas las tareas familiares. Cuida de su padre y de sus hermanos, mucho mayores que ella, y ninguno de ellos se ha casado. Los cuatro la absorben, la hacen trabajar de sol a sol, ocuparse de todos los asuntos y han conseguido hacerle un mundo irreal del que nunca ha salido. Su casa es su mundo, y no hay nada más. Puede que los relatos aún estén en el contenedor de basura, es temprano y los basureros no habrán pasado. Y si de verdad estoy equivocado y Julio lleva algo de razón. Sí escribo la novela, tendré que publicarla y no estaría mal tener un empujón con el que empezar. Bajé a la calle y recogí los relatos dentro de la basura. Se habían machando de restos de comida y de grasa, pero no importaba, podría volver a escribirlos, la letra era legible. Pero yo no soy Julio, así que los rompí, rasgué, destrocé cada una de las hojas de los relatos y las volví a tirar a la basura. Ya no había vuelta atrás. El camión de la basura había cruzado la esquina y había llegado al contenedor. Dos basureros con un traje de color amarillo se bajaron del camión y echaron el cubo dentro de la trituradora. Sí había alguna esperanza de que enviara los relatos se había acabado. Subí a casa y continué escribiendo. Los hermanos de ella son abogados y tienen un bufete en las cuadras de la casa, acondicionado para poder realizar el trabajo. Ella trabaja como secretaria, más bien como telefonista, ya que nunca recibe las visitas; por deseo expreso de sus hermanos que quieren mantenerla alejada del mundo. Pero las voces también son partes del mundo. Recibe una llamada de un antiguo compañero de su hermano mayor. Es un chico de unos treinta y cinco años, que quiere divorciarse y que los trámites se los realice su hermano. Como vive fuera, se quedará en la casa varios días, aprovechando que hace mucho tiempo que no se ven. El padre quiere impedir que alguien duerma en casa, pero tratándose de un amigo, los hermanos interceden y finalmente el chico se queda a dormir. Durante los días que el chico permanece en casa, Beatriz está encerrada en su dormitorio, y sus hermanos le suben comida. Como no hay cuarto de baño, tiene que hacer sus necesidades en una escupidera. Nadie puede saber que ella está viviendo allí. Pero el chico decide dar un paseo por la casa. El padre duerme y los tres hijos han ido a trabajar. Le han dicho que no puede subir a la segunda planta, pero todo resulta raro y hace caso omiso de las advertencias. Descubre a Beatriz, pero no se sorprende mucho. Habla con ella, pero todo parece normal. Le explica que es su hermana y luego el chico, cuando los hermanos vuelven les dice que ha conocido a Beatriz. La casa rebosa normalidad, así que no hay motivo para alarmarse. Beatriz sale de su cuarto y trata al chico como a otro de los hermanos. Le prepara la comida, le hace la cama, le guarda el abrigo cuando llega de la calle. Nadie espera que el chico se enamore de Beatriz y le pida que se case con él. Beatriz no sabe qué es el amor, pero acepta casarse con él. Los dos se fugan juntos y abandonan al padre y a los hermanos. El padre jura que no verá a su hija nunca más, que ya está muerta para él. Los hermanos hacen lo mismo. Beatriz vive los mejores años de su vida junto al chico, de ahí el título del libro, “Los años prestados”. Recorren medio mundo y pronto ella se queda embarazada. Tiene un hijo al que deciden llamarlo Alberto. Les alegra la vida. Les llena de ilusión. Ella vuelve a quedarse embarazada. No hay noticias del padre ni de los hermanos, aunque ella puntualmente les escribe y les envía fotos del niño. El chico tiene que ir de viajes de negocios y como siempre, se lleva a Beatriz y el al niño. Pero desafortunadamente un camión se cruza en su camino y tienen un accidente. El chico muere y el niño también, pero Beatriz sigue viviendo, no ha perdido al futuro hijo. Sin embargo no tiene nada. El chico no tenía mucho dinero y a ella no le ha quedado más que la pensión de viudedad. La casa donde vivían está todavía sin pagar, y Beatriz no se ve con fuerzas para ponerse a trabajar y poder seguir pagándola. Decide volver. Sabe que su padre la echará de casa, pero ella ya no es la misma de antes, ahora ha aprendido a defenderse, a saber lo que es suyo y a poder decidir qué es lo que quiere. Cuando vuelve todo ha cambiado. El bufete de sus hermanos ha cerrado y la casa se encuentra en un estado lamentable. Sus ocupantes también. El padre y los hermanos de Beatriz viven en un estercolero perpetuo. Todo es suciedad dentro de la casa. No hay comida de verdad por ningún sitio y la vejez del padre le ha provocado demencia senil. El padre la confunde con su mujer, creyéndola embarazada de ella misma. Los hermanos no dicen nada. Si ella quiere volver, que vuelva, es su casa, pero no va a contar con su bendición. Beatriz vuelve a dar a luz, tiene un a niña, pero desgraciadamente, al igual que su madre, ella también muere en el parto, o no muere, no lo sé. Aquí acaba lo que tengo de la novela. Sin final, escribo durante seis meses. No sé cómo acabar la novela. Se me ocurren varios finales, pero no sé escribirlos. Si ella muere, los hermanos acabarán cuidando de la hija, pero no sé cómo lo harán. Se vengan de ella maltratándola por lo que ha hecho su madre, haciendo de ella una nueva Beatriz, o la crían y la cuidan para poder librarse de la culpa que les ha provocado la muerte de la madre, y haciéndolo bien con la niña. Y si no muere, si Beatriz vive, y cría a su hija, puede que, un buen final, fuera que ella termine haciendo de sus hermanos algo diferente de lo que son, cambiándoles y aceptándola, convirtiéndolos en algo que en realidad no son, o puede que todo siga mal y que vuelvan al pasado donde todo era desgracia para ella, y ahora también para su hija. No sabía qué hacer.
Estuve dando vueltas al final durante casi dos meses, añadiéndole los seis en los que había conseguido escribir ciento cincuenta páginas que no valían para nada. Empecé a enseñar lo que tenía de la novela, a mis amigos lectores de cabecera y también a mi mujer, pero ya conocía la respuesta: está muy bien, eres un gran escritor, sigue así, verás como consigues que te la publiquen. Pensé que sería bueno, antes de buscar un editor, que alguien imparcial me diera su opinión. No tenía dinero para pagarle a nadie, así que recurrí a un amigo de la carrera: Juan Gil. Él era un gran lector. Por el tiempo que compartimos cuando estuvimos estudiando, me demostró que tenía un gusto exquisito, y que además no se cortaba a la hora de dar una opinión. Lo llamé a su casa. Hacía año y medio que se había mudado a Madrid y no habíamos tenido ocasión de vernos, aunque él había insistido en que algún día teníamos que quedar para cenar, acompañados de nuestras respectivas esposas. No lo habíamos hecho. Le sorprendió mucho mi llamada, y me gustó que su voz sonara igual que cuando teníamos contacto, cercano y amigable como siempre había sido conmigo. Le conté por teléfono mi deseo de que leyera mi novela y que me diera una opinión antes de que nos viéramos. Así que se la mandé por correo electrónico y en una semana me devolvió él la llamada para que pudiéramos hablar en su casa. Esa misma noche me presenté en su casa, a las afueras de Madrid. Estaba claro que a Juan la vida le había tratado mejor que a mí. Su casa no era una casa, era una mansión. Tenía un gran jardín a la entrada y una piscina de grandes dimensiones. No hizo falta llamar al telefonillo de la entrada. Juan ya me estaba esperando en las grandes escaleras que daban entrada a la casa, con una sonrisa maliciosa en la cara y con unas canas en el cabello que le hacían parecer más interesante de lo que en realidad era. No había cambiado mucho, seguía siendo el mismo hombre grande, aunque ahora el gimnasio le había proporcionado unos brazos musculosos y una apariencia de boxeador. Llevaba un pantalón de chándal y una camiseta sin mangas, como si acabara de bajar del gimnasio, que seguramente tendría en cualquier habitación de la casa.

- Don Carlos Collado Marín, qué alegría volver a verlo.
- Ya veo que la vida no te ha tratado mal
- No me puedo quejar. Pero pasa, no te quedes ahí. Tienes que contarme muchas cosas.
- Espero que tú también me cuentes a mí algo.
- Claro que sí.

Entramos en la casa y nos sentamos en el salón. Me puso una copa de güisqui con agua y él se sirvió una Coca-Cola Light. Me contó que había montado un bufete de abogados en Gran Vía. Me molestó que no me ofreciera un trabajo, pero de todas maneras creo que no lo hubiera aceptado, aunque necesitaba el dinero más que nunca. Me habló de su mujer y de su hija, y de cómo la vida le había cambiado en menos de un año y medio. Yo le hablé también de mi mujer. De cómo me había cambiado también la vida, de mis conflictos con mi hermana (de los que hablaré luego), y hablé de Julio González, y de los relatos y de su intención de ganar un premio de novela.

- Y no piensas denunciarlo.- Dijo Juan como si fuera algo que ya debería haber hecho.
- Pues no lo había pensado, la verdad. Pero no sé si serviría para mucho. No conozco los concursos que ha ganado y mucho menos sé las obras que ha presentado. A lo mejor se lo inventó todo, no lo sé. Sólo hablé con él dos veces y la verdad, no sé qué conclusión sacar.
- Yo creo que deberías denunciar. Yo podría llevar el caso.
- No sé qué ganaría yo denunciándolo, la verdad.
- La satisfacción de haber desenmascarado a un mentiroso.
- Puede ser.
- Si no lo haces tú, lo haré yo. No ahora, pero imagino que si gana el concurso de novela aparecerá en los medios.
- No sé si me dio su verdadero nombre. Puede que no. No creo que todo el mundo vaya diciendo por ahí que se dedica a plagiar a escritores.
- Sí. En eso llevas razón. – Juan me miraba como si yo estuviera equivocado de todo, como si fuera un estúpido al que le habían tomado el pelo y todavía no se había dado cuenta de lo estúpido que era.- Imagino que querrás hablar de tu novela, no.
- Pues sí. Sería muy importante para mí que me dijeras qué te ha parecido.
- Me ha gustado mucho. Ya la tienes. Si te digo la verdad, no sé para qué necesitabas mi opinión.
- En realidad, no sé. Quería que me dieras alguna idea para el final. Ando un poco perdido.
- ¿Qué final? El final está perfecto, ni se te ocurra tocarlo.
- Pero qué dices Juan. El final está incompleto, faltan al menos cincuenta páginas para que la novela esté acabada.
- ¡Ay Carlos!, tú y tu manía de darle todo masticado a la gente. La novela se ha acabado. Ella acaba en casa de nuevo, con un hijo en sus entrañas, y el lector debe imaginarse lo demás. Tú lo que tienes que contar ya lo has contado. Déjalo estar, de verdad. La novela funciona bien, hazme caso.

Puede que llevara razón, pero yo en ese momento estaba convencido de que le faltaba un final. También tenía el problema de que no sabía dárselo, así que empecé a mover la novela por algunas editoriales independientes de Madrid. Para mi sorpresa no fue un gran problema, en menos de un mes, una joven editora me estaba llamando para decirme que le había gustado la novela, y que quería publicarla. Me dijo que en menos de tres meses la novela estaría en la calle, y que en dos podría ya tener un ejemplar encuadernado. Por su puesto tuve que hacer correcciones, pero no puso impedimentos, ni quejas, ni peros con respecto al final. Parece que Juan llevaba razón y la novela funcionaba sin el final que a mí me faltaba. En dos meses ya había una tirada de cincuenta ejemplares, de los cuales yo me quedé con diez y la editorial que se quedó con cuarenta para repartirlos entre críticos y prensa. La mayoría de los ejemplares los repartí, y uno de ellos fue a parar a manos de mi hermana María. Yo ya había pensado hace tiempo en mandarle un ejemplar cuando salieran, para así, poder volver a tener un contacto que habíamos perdido, ésta última vez por mi culpa. María vivía con mi padre en el pueblo, en una casa a las afueras. Éramos sólo dos hermanos y desde siempre habíamos estado muy unidos, sobre todo por la prematura muerte de mi madre. Los dos cuidábamos de mi padre y nos turnamos a la hora de poder salir de casa a estudiar fuera. Ella salió primero y yo esperé a que acabara para poderme ir también. No lo hacíamos mal juntos, y tampoco hacía falta que ninguno de los dos trabajara, ya que mi padre poseía una gran cantidad de olivos que nos permitían vivir con un limitado lujo. Nos unía el gusto por los libros, la pasión por el cine, y el fanatismo por la música. Pero María conoció a un chico del pueblo y decidió casarse, con el consiguiente abandono de la casa, dejándome a mí al cuidado de mi padre. Nunca se lo perdoné, pero el azar, o el destino, o la casualidad, hizo que mi hermana regresara después de un traumático divorcio. Yo ya no quería vivir con ella, me había traicionado, defraudado, sentenciado a una vida de cuidados perpetuos con mi padre. Decidí marcharme y pagarle con la misma moneda. Me casé y me vine a vivir a Madrid. Nunca supe más de ella hasta que me llamó para hablarme de la novela. Me dijo que era urgente verme antes de que se publicara y que vendría a Madrid para hablar conmigo. Yo estaba seguro de lo que iba a decirme. Conocía a mi hermana, sabía qué pensaba en cada momento y ella lo sabía también de mí. Por fin alguien me iba a decir que mi novela fallaba en el final, pero no fue así. Cuando María llegó a la estación de Atocha, yo fui a recogerla. Estaba igual que la última vez, más guapa incluso. Parecía que con su aspecto quería decirme que no le había hecho mella mi abandono y que se las sabía arreglar perfectamente. María es alta, con un aspecto frágil e inseguro que no se corresponde con su verdadera personalidad. Lo primero que hice después de darle dos besos fue preguntarle por mi padre. Me dijo que lo había dejado al cuidado de una enfermera, que no se veía con fuerzas para cuidarlo y que la contrató hace ya dos años. Nos fuimos de la estación y la invité a cenar en un restaurante pequeño y escondido cerca de la estación. No se anduvo por las ramas y me empezó a hablar de la novela.

- No puedes publicarla Carlos. Será mejor que vayas hablando con tu editor, o con quién quiera que sea que te vaya a publicar la novela.
- ¿Por qué? No es tan mala, no.- dije yo en un tono de guasa que no le sentó muy bien.
- La novela está bien Carlos, pero no es eso. La historia no es tuya.
- ¿Cómo que la historia no es mía?, y entonces de quién es.
- No estoy de broma Carlos. Cómo es posible que no te hayas dado cuenta.
- Darme cuenta de qué. Mira, María, he echado muchas horas escribiendo para que ahora tú me vengas a decir que la historia no es mía.
- Ya veo que no te has dado cuenta de nada. Carlos, en la novela has contado mi vida. Cómo es posible que no te hayas dado cuenta.
- Eso no es verdad.
- Sí que lo es. No es todo igual, lo admito, pero hay partes idénticas a cosas que me han pasado. La muerte de mamá, mi huída con Sergio, el que te quedaras tú sólo cuidando de papá. Son cosas que aparecen en la novela. No son iguales, y sin embargo los conflictos son los mismos. Tienes que detener la publicación Carlos. Ya sé que no nos debemos nada y que tienes todo el derecho a publicar lo que te dé la gana, que hay partes de historia que se te han ocurrido a ti. Pero no podría vivir sabiendo que miles de personas van a conocer mi vida. No puedo Carlos. Tampoco te puedo obligar y no sé si esto es denunciable o no. Sólo te pido que lo hagas por mí. Me lo debes, o al menos, me lo debe el Carlos con el que compartí mi infancia.

María llevaba razón en todo. En que la historia no era mía, en que no me había dado cuenta al contarla de que estaba hablando de ella, y en que debería parar su publicación. Inconcientemente había buscado en mi memoria una historia ajena que contar. Sin embargo, yo la sentía como mía, la había llevado a mi terreno, la había contado con mis palabras y había logrado emocionar a las pocas personas que la habían leído(el pasado, la memoria, los finales). Y si la novela se publicaba; mi hermana ya no me hablaba, y no creo que nadie se diera cuenta de que estaba hablando de ella, puede que su ex-marido, pero a quién le importaba. Pero sabía que no podía publicar. Si publicaba la novela me convertiría en Julio González, me convertiría en un mentiroso, en un plagiador al igual que él, en todo lo que yo odiaba. Llamé a mi editora para hablarle del problema. Hablé con firmeza y seguridad, pero no le importó. Estuvo un buen rato convenciéndome de que eso pasaba con muchos escritores, que cogían historias ajenas y las hacían suyas, lo único que hacían era cambiar los nombres, y a veces ni eso. No pudo convencerme, yo me sentía culpable, avergonzado, me sentía un mentiroso. Por un momento había creído convencerla, pero no fue así. Empezó a hablar como una empresaria y me dijo que ya había firmado un contrato y que los libros estaban a punto de salir de la imprenta. No había marcha atrás, la novela saldría a la calle en una semana y lo único que yo podría hacer sería comprar la primera edición completa. Pero eso era imposible: yo no tenía dinero. Decidí hablar con mi hermana y contarle la situación, pero ella se adelantó a mi llamada. Cuando llegué a casa había tres mensajes suyos en el contestador. Los tres decían básicamente lo mismo: tienes que venir rápidamente a casa, papá se está muriendo. Y tuve que volver, a encontrarme con mi padre y verle la cara, tocarlo y besarlo por última vez. Tuve que volver, para explicar a mi hermana que su historia sería conocida por todo el mundo y que yo era el culpable, el mentiroso, el plagiador de su historia, de su vida que ella quería ocultar y que no fui capaz de darme cuenta a tiempo. Tuve que volver, a mi casa, a la casa donde compartí mi vida con mi hermana y que ahora se había convertido en el único sitio donde no quería estar. Dejé a mi mujer en Madrid. No le conté nada de lo que había ocurrido, y le oculté la situación de mi padre, aunque sabía que nunca me lo perdonaría. Cogí el coche y estuve conduciendo tres horas. Al llegar al pueblo lo único que sentí es que había perdido, que la promesa de no volver se había roto y que mis principios se habían quedado en Madrid. María me abrió la puerta y me ayudó con la única maleta que llevaba. Me subió a ver a mi padre y me dejó solo con él. Yo sé que no estaría orgulloso de lo que había hecho: lo sentí nada más verlo, pero no había vuelta atrás aunque me doliera. Lo besé en la frente y bajé a tomar un café a la cocina. Mi hermana estaba allí, sentada en una gran mesa de madera y jugando con un terrón de azúcar que de vez en cuando chupaba con la lengua. Parecía que no había pasado nada, como si el tiempo se hubiera detenido y el pasado fuera sólo una presencia que hace falta esforzarse para recodar. Me miró a los ojos y me dijo que me sentara. Yo tenía que contarle mi conversación con la editora, pero no sabía cómo. La confianza que en otro tiempo tuvimos hacía mucho más difícil la situación, y la promesa nunca dicha de no hacernos daño, se empezaba a romper.

- ¿Qué has conseguido?- Dijo mi hermana jugueteando todavía con el terrón de azúcar.
- No he conseguido nada María. Nada. Lo siento, pero mi editora me ha dicho que la novela va a publicarse. Créeme que lo he intentado, pero no he podido parar la edición.
- Lo imaginaba. Es extraño como una persona puede intentar esconder un secreto, y al final todo el mundo acaba sabiéndolo.
- Yo no quería hacer eso.
- Lo sé Carlos, lo sé. Pero lo has hecho.
- Sí. Lo he hecho.
- Ya que parece que todo el mundo conocerá parte de la historia, quiero contártela completa.
- No hace falta.
- Quiero contártela. Necesito hacerlo Carlos, sino nunca entenderás porque te he pedido que no publicaras. Tampoco hay mucho más de lo que ya sabes. Me casé con Juanjo, tú en la novela lo llamas Sergio. La vida con él no fue tan idílica como tú la planteas. Juanjo no me hizo sufrir, no conscientemente. Me trataba bien y me quería, y en cierto modo yo también lo quise a él, aunque nunca estuve enamorada. Pasé los años siendo la mujer del médico, la que todo el mundo pensaba que estaba medio loca porque escribía y le gustaban películas que nadie más entendía. Lo llevaba bien, hasta me gustaba ser diferente, cuando no lo era. Pero llegó un momento en que me sentí así. Diferente. Juanjo me había conocido aquí, y se había enamorado de una mujer con sueños, pequeños, pero eran míos. Poco a poco los perdí todos, y lo peor es que Juanjo también me empezó a tratar como todos sus amigos. Estaba equivocada, y lo creí, lo creí de verdad. Nadie tenía nada en común conmigo, así que, bueno, digamos que me rendí, y empecé a ser como la mayoría. Fue el peor error de mi vida. Empecé a notar a Juanjo distante, apenas hacíamos el amor y lo único que me repetía a cada momento era que quería tener un hijo. Yo se lo quería dar, pero no me quedaba embarazada. Y la frustración empezó a hacer mella en mí. Por casualidad, imagino que estas cosas se descubren así, descubrí que Juanjo tenía una amante. Pero no me importó, no me importó que Juanjo saliera cada noche y volviera luego para acostarse conmigo. Mi obsesión por quedarme embarazada crecía cada vez más y más, y convencí a Juanjo para empezar con unas técnicas de reproducción asistida. Me aferré a la idea de tener un hijo para volver a recuperarlo, porque creí que él me estaba engañando por no poder darle un hijo. Mi única ilusión, obsesión, objetivo en la vida era ser madre, todo lo demás no importaba. Y Juanjo cada día viajaba más, cada día nos veíamos menos y decidí, casi sin pensarlo, sin apenas darme cuenta, no salir de casa nunca más. Ahora lo puedo ver con perspectiva, pero sin buscar culpables, los dos lo éramos. Estaba anulada como persona, no tenía personalidad, había perdido mi voz, mis palabras para hablarle al mundo se habían desvanecido con la misma rapidez con que se desvanecían las ilusiones por tener ese hijo que tanto queríamos. Pero la mentira hay veces que sale a la luz, y Juanjo se descubrió solo, sin mi ayuda. Lo encontré besándose en un centro comercial con la mujer que me estaba engañando. Lo más increíble es que no hizo nada por arreglarlo. Vino, me dio dos besos, y me preguntó cómo estaba. No supe reaccionar, me quedé plantada allí, mirándole a los ojos, creyendo que si me abandonaba me moriría. Pero no fue así. Aún sigo viva, aunque fue él quien pidió el divorcio y quien me hizo abandonar la casa. Por eso volví. No tenía fuerzas para empezar una nueva vida, y el recuerdo del pasado me empujaba a volver de nuevo. Papá no estaba enfermo todavía y pensé que tú podrías perdonarme. Hasta aquí todo lo que conoces, excepto un detalle. Me sorprendió encontrarlo en tu novela, pero yo no te había contado nada. Cuando yo llegué aquí, al igual que la protagonista de tu novela, también estaba embarazada. Por fin había dado resultados el tratamiento de fertilidad. Pero yo ya no quería tener un hijo. No quería tener nada con Juanjo, ni con el pasado, quería borrarlo todo, olvidar, Carlos, olvidar, puedes entenderme, quería borrar mi vida, mis años prestados, como tu llamas a la novela, no habían sido felices y si tenía el niño tendría que estar viéndome a mí misma como fui. Por eso aborté. Fue la única decisión racional que tomé en el estado mental que me encontraba cuando llegué de nuevo. Puede que por eso me doliera tanto que escribieras sobre mí. He intentado borrar todo y ahora tú vienes y vuelves a recordármelo, a recordarme lo que fui, y lo que no quiero volver a ser.

Las escaleras que conducían a la segunda planta de la casa empezaron a tronar, como si un elefante estuviera bajándolas asustado por algo que hubiera visto. Llegó a la cocina la enfermera que cuidaba a mi padre, con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa. Se acercó a nosotros y nos dijo que mi padre acababa de morir. Todo fue muy rápido en los días siguientes: el velatorio y entierro de mi padre; la lectura de la herencia; las misas funerales a las que acudíamos mi hermana y yo. Por desgracia, en la herencia no había dinero en metálico y era demasiado rápido vender algunas de las fanegas de olivos que mi padre nos había dejado. Así que fui al banco y pedí un préstamo presentando como aval parte de la herencia. Volví a Madrid y aunque mi editora me intentó convencer, e incluso me amenazó con que nadie más se atrevería a editarme ningún libro, compré la edición completa de mi primera novela. Alquilé un camión y en dos días me los trajeron a casa de mi padre. Metí los cinco mil libros en la cochera, a la espera de saber qué iba a hacer con ellos. Ese mismo día se falló un premio de literatura, uno valorado en sesenta mil euros. El ganador fue: me guardaré su nombre. Un joven escritor madrileño que todos auguraban una maravillosa carrera literaria. Tenía el pelo corto, iba vestido de negro, y sonreía igual que Julio González. Me había engañado con su nombre, pero no había conseguido engañarme con su talento.

La relación con mi hermana empezó a mejorar, aunque ahora era yo quién estaba enfadado con ella, y por un momento pensé que había sido una estupidez comprar los libros, ahora no creo eso. Había perdido mi oportunidad de publicar, pero tenía dinero para volver a Madrid y empezar de nuevo a escribir sin tener que depender de mi mujer.

Volví a la cochera a ver los libros. Estaba todo oscuro, y encendí la luz para poder verlos. Habían perdido todo su sentido, reposando, uno encima de otro, con sus portadas amarillas y mi nombre y el título en la solapa. Pensé en tirarlos a la basura, o en romperlos uno por uno como había hecho con los relatos de Julio. Pero eso sería mañana. Hoy los miraría, sentado en el suelo de la cochera y pensado que por un día, o unas semanas, o un mes, quizá por siempre, había sido un escritor.

Amador Aranda Gallardo.

7 comentarios:

Capitán Alatriste dijo...

Amador, si te tengo que ser sincero este no es uno de los relatos que te he leído que más me ha gustado.

Creo que tiene cosas buenas, sobretodo la idea esta en torno al plagio y los roman à clef. Pero no sé por qué, pensaba que explotarías esos temas de otra manera.

En cualquier caso, es mi humilde opinión. Y me gustaría darte mi enhorabuena por el premio de ver tu literatura impresa. Debe ser algo emocionantísimo y alentador para seguir escribiendo.

Sigue haciéndolo. A mí me suele gustar mucho cómo lo haces.

Amador Aranda dijo...

En fin, creo que le faltaban correcciones, porque además, quería acortar por unos lados, y alargar por otros, pero...lo mandé al concurso y ganó..qué le voy a hacer. De todas formas, ya tiene tres años y algo...y bueno, uno se va refinando, más o menos. Saludos.

David dijo...

No sé si opinar o no después de lo que escribiste sobre los amigos que opinaban de tus relatos.
Me ha gustado mucho, no puedo evitar decírtelo.
Siento no haberlo leído en su momento, ahora, revisando el correo, me llegó una semana antes de la boda y no supe encontrar el hueco para leerlo.

Amador Aranda dijo...

jajaj. A ti no te meto en ese saco David...ay, menos mal que lo sabes, jeje. Besos.

Capitán Alatriste dijo...

¿Qué opinión es esa de los amigos que opinan de tus relatos Amador? Por lo menos tus amigos opinan, jajaja.

Amador Aranda dijo...

jaja. y eso, los tuyos no?. A veces te da algo de apuro, porque, por ejemplo cuando los textos son más largos de lo normal...pero bueno, es que la opinión de alguien en quién confías es muy importante...

Capitán Alatriste dijo...

Pues más bien sí, al principio un poco pero ahora ya no me hacen ni puto caso. Pero bueno, ya les he amenzado convenientemente con no acordarme de ellos cuando recoja el Planeta ... o whatever.